Sentimiento que nos acompaña en distintas facetas de nuestras vidas, sumergiéndose en nuestro ser como si se tratase de un fluido, impregnando cada célula, habitando en la bastedad de nuestra consciencia sin ser invitado, inevitablemente acostumbrándonos a su incomodidad, admitiendo su coexistencia y aprendiendo a descubrir la salida en medio de su laberinto de interrogantes sin respuestas; porque, así como el amor que acaba, el niño que no concibe la pérdida, el enfermo que no se sobrepone, todos, en mayor o menor grado, lo aceptamos. Cualidad evolutiva del ser vivo: Adaptarse o morir.
Somos la maravilla de la creación, la perfección obligada a permanecer, variando desde nuestros genes, inconscientemente. Pero en el proceso de evolución, con escasas o miles de salidas (según la dirección del cristal), siempre seremos menos sobreponiendo la razón al instinto. Pobre de aquel que los segundos, minutos, horas se vuelvan décadas, en su camino a la verdad, sólo sabrá que su destino está impregnado de espinas y arena cuando se detenga, mirando a su alrededor, no quedándole otra opción que continuar casi morbosamente, en la misma dirección.
En estos momentos, muchos
al unísono claman al cielo por dirección y claridad, demandando sabiduría,
directrices del camino a seguir, con su mirada al infinito, unos pocos dentro
de sí. Independiente de la decisión, del camino por recorrer, se transita
y justo en ese hecho radica la “razón”, necesaria para calmar al torbellino de
la incertidumbre.