Cuando la rutina, la presión diaria cesa, nos encontramos con el ente que continuamente nos acompaña, cercano a nosotros. Como tatuaje mal querido, ese encargo no cumplido, el acto no realizado, la conversación en espera, desagradable advertirlo. Aquello que refleja el alma, los temores, las metas mil veces fijadas y no acabadas, el pasado, pero sobre todo el presente. En lo que nos convertimos, distinto a los sueños de infancia, a los deseos de juventud, a los anhelos de ahora.
Ese poder, la particularidad de recordarnos que somos, donde estamos, con la fuerza indomable del vacío una y otra vez presente, como bucle interminable, aprendemos a soslayarlo con la nada, salidas inútiles, reuniones continúas, compañías volátiles intentando difuminarlo en la búsqueda de la tranquilidad, sosiego, el silencio con sentido, sin perturbación, consumidor voraz de energía, alejándonos de la pasividad necesaria, el rencuentro con él, “yo soy”.
La vida a medias, que se apoderen otros, ejecuten, disfruten la gloria dolorosa, insatisfacción del deber cumplido, plasmándose en la trascendencia, su obra perdurable, su ideal, tanta fuerza, que desgasta, consume, agota.
Entendiendo que llegara a mí.
Pero como una aparición, hay estaba, al lado, de frente, constante, sin logar apartarlo, por años, desde siempre, recordatorio de sueños, el deseo “de”. Sentir, plasmar la sensación del logro o del infortunio.
Es tarde, denominador no visible, real, incansable, infinito, sin rostro, claro, reflejo en el agua calma, sin sentir la presión de sus manos, ni el calor de un cuerpo, allí estuvo y está, sobre mí, evidenciando su obra. La magnitud, el poder, la realidad de su presencia, aliviado de saber el final próximo, no ser alcanzado, no sin llorar en su presencia, a quien tanto le hui, dejándolo entrar siempre, mejor compañero, fiel. Perdonándome, por no entender su valor y grandeza, sin embargo; intuyo que el perdón es para conmigo, el desperdicio de una vida, sin hacer nada al respecto.
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